"Puede uno amar sin ser feliz; puede uno ser feliz sin amar; pero amar y ser feliz es algo prodigioso." Honoré de Balzac


sábado, 14 de mayo de 2011

Historia de unas sandalias



Esta soy yo y mis sandalias...
Tengo un problema con mis pies. Un drama. Una tragedia. Vale, venga, lo suelto de una vez: calzo un 42.

Solo encuentro zapatos de mi número de doña Croqueta, zapatos que a mi abuela le parecen de vieja. Ya. Lo sé. Es terrible.

Por eso, cuando de tanto en tanto aparece una rara avis, un zapato normal, vamos, de mi número, no es que me lo compre: es que me caso con él.

Es lo que me pasó con estas sandalias que encontré en Zara y encima rebajadas... El sueño de cualquier piesgrandes: encontrar, en un sitio normal, zapatos que te estén bien y además rebajados.

Encontrarlas me hizo tan feliz que a poquito que salga un rayito de sol me las pongo hasta en diciembre.

Como el día de la entrega del premios en Toledo.

Era un día de primavera, de veinte grados, con lo cual las botas, mi calzado más trendy-decente quedaban descartadas, más que nada por llegar entera a la entrega de premios, no era plan de dejarse los piños en las cuestas pinas de Toledo. No. Que para algo mi abuela me enseñó que no es elegante llegar a los sitios sin dientes...

También tenía la opción de ir en Converse y luego recoger el premio descalza, cual condesa, cual Remedios Amaya...

Cuando ya estaba viendo los titulares: la escritora romántica descalza... las sandalias me hablaron...

Más que hablarme me tropecé con ellas, lo más normal dado el desorden en el que habito.

Me hablaron y me dijeron: Si él lleva las mismas botacas desde el 93 ¿por qué tú no vas a llevar tus romanas de 2009?


Además Quo Vadis es un clásico. Lo romano no se pasa nunca de moda...

En fin, que me veo, dentro de setenta años, recibiendo el premio Inserso Romántico con mis sandalias romanas.

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