"Puede uno amar sin ser feliz; puede uno ser feliz sin amar; pero amar y ser feliz es algo prodigioso." Honoré de Balzac


jueves, 29 de marzo de 2012

Pasión Bereber: un adelanto

Hoy he recibido mi novela y me ha faltado tiempo para posar a lo madre orgullosa:






Os dejo un extracto de la novela también que me hace mucha ilusión:

...Brianda miró al esclavo y supo que ese hombre jamás claudicaría. Un esclavo que había tenido la osadía de presentarse en una casa como príncipe bereber jamás se sometería a nadie. Desde luego, era arriesgado tener en su casa a alguien capaz de proceder con tal término y libertad, pero, con todo, la duquesa no podía dejar de admirar a ese joven hambriento, sucio y agotado que, a pesar de su túnica mugrienta y sus babuchas rotas, derrochaba más dignidad y nobleza de la que nunca conocería su primo. Su instinto le decía que podía fiarse de él.

—¿Habláis mi lengua? —preguntó la duquesa al supuesto príncipe.

—A la perfección —respondió su primo.

—¿Os gustan los caballos? —preguntó la duquesa al esclavo, que no dejaba de mirarla de aquella forma tan escandalosa.

—Tiene un dominio total —contestó el marqués—. Le he visto someter a un caballo desatado por una hembra en celo, lo sabe todo sobre cascos y herrajes, es extremadamente minucioso con la limpieza…

—Amo a los caballos —interrumpió el esclavo.

—Eso es maravilloso, no necesito saber más —concluyó Brianda.

No necesitaba saber nada más, y necesitaba saberlo todo de ese joven alto, de fino talle, con la donosura de un príncipe poeta y la gallardía de un príncipe guerrero. Un esclavo de ojos verdes y piel bronceada por los días al sol en desiertos lejanos y en caminos polvorientos y fatigosos, demasiado conocidos. ¿Dónde lo habrían apresado? Tenía una E grabada a fuego sobre la mejilla, la marca que se hacía a los esclavos. ¿Cómo lo habría permitido? Tenía aspecto de ser hábil con la espada, rápido de reflejos, infalible, intuitivo, inteligente.

—Me alegro, prima, de que con eso os baste y os sobre —dijo el marqués—. Y ahora, esclavo, ya podéis retiraros.

—Yo solo obedezco a mi ama.

—¿Qué habéis dicho, descarado? —El marqués alzó una ceja.

—Primo, está bien. Me gusta —medió Brianda—. Con su respuesta acaba de demostrar lo sumamente modesto y obediente que es.

Josuf sonrió. A él también le gustaba esa mujer por todo lo inmodesta y desobediente que era. Se alegró de no haber aprovechado las muchas ocasiones que había tenido para escapar, sobre todo desde que el marqués le había comprado. Celebraba que el cansancio le hubiese vencido y que solo le apeteciera llegar a su destino como esclavo, conocer a esa ama que tanto detestaba el marqués, descansar, aunque fueran tres horas, en un camastro y llenar el estómago con algo más que moras y agua.

Fue lo más prudente, además. Ya había cometido demasiadas locuras, ahora tocaba ser cauto y esperar a que el mercader al que había entregado el billete con su paradero el día anterior llegara en breve a su reino y se lo entregara a su padre. En cuanto este recibiera noticias suyas, iba a faltarle tiempo para enviar a todos los hombres que se necesitaran para rescatarle. O no. Igual, conociendo su nuevo destino decidía dejarle un par de años sumido en la esclavitud, para que aprendiera, para que por fin sentara la cabeza y asumiera su destino.

 Entretanto, sería esclavo de esa joven y bella viuda de apariencia adusta, con su saya negra, pero en el fondo sensual y vital como las lentejuelas que sutilmente pespunteaban su vestido. Sería su siervo y su ángel custodio, aunque se hubiera comprometido con su primo a que sería sus ojos y sus oídos en la casa, a cambio de la libertad.

 Ese era el deshonroso pacto que se había visto obligado a sellar para poner fin a su fatigoso periplo de esclavo, y sobre todo para proteger a esa mujer que no conocía, pero que tenía la desdicha de tener un pariente dispuesto a quitárselo todo.

 Su misión como esclavo no podía ser más mezquina: descubrir algún secreto, alguna pasión inconfensable de la duquesa, con los que su primo pudiera chantajearla a su antojo hasta lograr retirarle la tutoría y la administración de sus estados.

Ni que decir tiene que, ya solo por el odio que despertaba en el marqués, el ser más despreciable que había conocido en su vida, y la proposición del pacto se había puesto del lado de la joven viuda; pero después de conocerla, aun de forma fugaz, aquella mujer le había captado para siempre con su fortaleza, su inteligencia, su generosidad, su amor por la libertad… y por las ganas que tenía de liberar sus cabellos color de miel de la redecilla de seda azul y plata en la que estaban recogidos.

Poco importaba ya quién había sido hasta ese instante, ya no tenía sentido lamentarse ni un día más de su suerte, ni reprocharse haber perdido la libertad por culpa de su ingenuidad, su impaciencia, su engreimiento y su desmesurada afición a la aventura y a las mujeres. Ahora era el esclavo de Brianda de Valdivia y por ella velaría hasta el último de sus días como siervo. Jamás haría nada que pudiera perjudicarla, al contrario, iba a hacer lo imposible para protegerla de cuantos quisieran hacerle daño. Así que no era mentira ni descaro afirmar que solo obedecería a su ama: era la pura verdad, la divisa de su nueva vida de esclavo.


© Gema Samaro, "Pasión Bereber".

No hay comentarios:

Publicar un comentario